Inés Luna  - 14/01/2016.

 

Salamancartvaldia.es

Charo Alonso

Sábado, 9 de enero de 2016

UN OLVIDO IMPERDONABLE

Inés Luna, la tumba sin nombre

"Pasear por los jardines de El Cuartón, recorrer sus caminos de piedra y acercarse a la encina en la que se subía como una niña feliz para recorrer los límites de su heredad es un ejercicio de memoria que nos devuelve a un tiempo pasado", recuerda la escritora Charo Alonso (GALERÍA DE FOTOS).

Capilla donde tendría que ubicarse la tumba de Inés Luna

Ya no hay monjas de la Caridad en el Colegio del Pilar de Vitigudíno. Las paredes de piedra y la enhiesta aguja siguen siendo una de las imágenes más representativas de este lugar hermoso donde, en 1872, un hacendado salmantino, Ignacio Santiago Fuentes, dispuso la construcción de un colegio para niñas pobres en el que se les diera comida y formación por parte de las hermanas de la Caridad, las mismas monjas a las que tanto ayudó y protegió Inés Luna Terrero. Ya no hay niñas, pero la puerta de la capilla está abierta y se ofician misas frente al altar pintado por Genaro de No que me recibe con la grandeza arquitectónica de su dibujo. Yo venía buscando la tumba de Inés Luna, pero es mi querido pintor el que me sale al paso con sus retablos poderosos, con el recuerdo imborrable que hallo en la carismática firma del arquitecto y pintor salmantino fallecido el 2 de abril del 1992.

Tumba habilitada para acoger los restos de Inés Luna

Inés Luna está tan viva en mí que he tardado en buscar su tumba. La misma donde la colocaron años después de morir en Barcelona el 8 de febrero de 1953 víctima de un cáncer de mama. Su cuerpo había reposado en el cementerio nuevo de la capital catalana y yo siempre imaginé que le hubiera gustado más, en último extremo, descansar entre las monjas a las que tanto quiso, acompañada por las voces de unas niñas que, como cuenta maravillosamente la escritora Charo Ruano, visitaban la finca de El Cuartón para pasar la tarde con Consuelo del Álamo, la señorita de compañía de Doña Inés, mientras las niñas corrían por los decadentes jardines casi abandonados. Sin embargo, esta capilla ahora prácticamente sin vida, esta tumba sin nombre, sin fechas, casi provisional, no es el lugar de Inés Luna, y más aún cuando su capilla de piedra, su rincón meronita en los jardines de El Cuartón está recién arreglada y estrenada, la cripta preparada para recibirla en un abrazo definitivo. En la silenciosa capilla sin niñas del Colegio de El Pilar, Inés espera el traslado acompañada de las figuras casi escultóricas de mi admirado Genaro De No.

Salamanca tiene olvidos imperdonables, por eso camino por ella acariciando las casas redondeadas de este hombre convertido en calle bien cerca de dónde vivo. Yo conocí al pintor Genaro de No porque una de mis compañeras estudiaba dibujo con Fernando Segovia y este nos propuso el nombre del artista para una entrevista que se publicaría la revista universitaria Vanidades. Mi amiga y yo pasamos la tarde en la casa increíble de los de No en la calle Prior, fascinadas por aquel hombre enfermo y sin embargo, lleno de vida, de ilusión y de sabiduría. La charla se prolongó tanto que ocupó páginas y páginas de nuestra revista, un trabajo que nos imprimió Varona ¿Dónde están los antiguos y excelentes negocios salmantinos? en la calle la Rúa, y que al pintor le gustó tanto que nos regaló una sanguina que yo ahora atesoro con la misma tenacidad con la que busco las obra del pintor por toda Salamanca: el retablo de la Iglesia del Arrabal, las paredes de la Diputación de Salamanca, el vía crucis del Hospital Clínico, las casas redondeadas de dos o tres pisos que dejó de dibujar para dedicarse a una pintura en la que el dibujo se imponía a la pincelada. Siempre fue un arquitecto de la forma, Genaro de No, siempre fue un recuerdo constante en mi Salamanca quizás ingrata. Por eso me gusta que ambos estén en la Capilla del Pilar en ese lugar que tanto quiero, porque yo no pertenezco a la tierra de Vitigudíno, pero gracias a Inés me han hecho un espacio en Traguntía donde me gustaría vivir a la sombra de la sonrisa de Carlos Mezquita. Sin embargo ¿Qué hace mi Dama Luna en el colegio donde ya no hay monjas ni niñas? ¿Quién le ha negado el nombre, la fecha, el espacio de su descanso que debería estar en el que era su lugar y su recreo?

Gracias a la Fundación Inés Luna Terrero y a Conrado, la casa de Inés Luna en la dehesa charra nos ha recuperado su personalidad rebelde y su originalidad arrebatadora. Pasear por los jardines de El Cuartón, recorrer sus caminos de piedra y acercarse a la encina en la que se subía como una niña feliz para recorrer los límites de su heredad es un ejercicio de memoria que nos devuelve a un tiempo pasado. La ruina y la decadencia que arrasaron su “Liberty House” y de la que fue testigo Carlos Mezquita ya pertenece al olvido… por eso qué hermoso sería que se cumpliera su voluntad y el cuerpo de Inés Luna yaciera en esta iglesia pequeña que ella recubrió de pinturas murales al estilo bizantino para evocar el rito maronita de su gusto ¿Alguien recuerda que los cedros del Líbano que hay en Salamanca los trajeron los estudiantes y religiosos que invitó Inés Luna? Los mismos árboles casi bíblicos del jardín de El Cuartón que evocan a la mujer viajera, valiente y decidida que, en palabras de Carlos Mezquita, atravesó toda Europa con una lámpara de cristal coloreado para la capilla de su finca, esa misma capilla salvada de la ruina que ahora espera el cuerpo de su dueña para recuperarla del olvido. Aquella lámpara desapareció en los tiempos en los que, olvidada de todos, la casa de Inés Luna se rindió al pillaje y al abandono, sin embargo, reconstruida, visitada, acariciada y amada por quienes acuden a este hotel peculiar y por quienes evocamos el recuerdo de esta mujer irrepetible, la capilla de El Cuartón parece estar incompleta. Falta su dueña para descansar en la tierra que amó. Falta su cuerpo fundido con el de su padre, Carlos Luna, el emprendedor insólito que trajo a la provincia la luz eléctrica, figura que con denuedo quiere sacar del olvido el profesor de electrotecnia Eladio Sanz, auténtico experto en la figura de Luna, quien reposa en un cementerio de Madrid, lejos de la que le trajo a Salamanca por amor, Inés Terrero, heredera del hombre que trazó las primeras vías del tren que tuvo nuestra provincia, enterrada en otro camposanto madrileño, olvidados ambos de la intrahistoria salmantina. Un olvido conjurado por el profesor Sanz y por Alfredo García Vicente, dispuestos los dos a devolvernos una historia que es la nuestra. La de una mujer y una familia que vivieron la llegada de la modernidad a Salamanca, una modernidad de luz eléctrica, coches de gasógeno y nuevas formas de crear riqueza. Una historia que merece no dormir en el olvido de una tumba sin fechas ni nombres… una tumba que miro consolada por la pintura de mi querido Genaro De No desde el altar de esta capilla olvidada… qué hermoso que la acompañes, aquí, en la soledad de los ecos de aquellas niñas huérfanas, aquellas monjas aguerridas, aquel recuerdo de una casa donde conjurar la belleza que guarda en su jardín la pequeña iglesia donde hacerle una cama a Inés a despecho del olvido, el paso del tiempo y la decadencia… y que descanse en paz allá en su tierra.

Charo Alonso

Fotografías: Fernando Sánchez Gómez y Charo Alonso